Entre el luto y la incertidumbre: la vida después de la vacuna

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Más allá de sus efectos objetivos, la vacunación tiene significados psicológicos y emocionales, individuales y sociales, que esperanzan y desploman al mismo tiempo a muchos de quienes se vacunan. Se avecinan nuevos tiempos de adaptación

A nurse vaccines a health student with the AstraZeneca Covid-19 vaccine,on March 12, 2021 at the UBO (Universite de Bretagne occidentale)in Brest, western France. (Photo by Fred TANNEAU / AFP) (Photo by FRED TANNEAU/AFP via Getty Images)

“Nunca antes celebré que me hubiesen inyectado”, expresa en Facebook con su respectiva foto, una profesora de la American University en Washington, en señal de que la vacuna, más allá de las protecciones consabidas que le traerá, es la puerta para el regreso de nuevo a la vida que siempre conoció.

Cualquiera supondría que la vacuna traerá, una vez haya sido masivamente distribuida y administrada, el regreso de la dinámica social, el trabajo y la escuela presenciales, la activa vida que teníamos, las reuniones familiares, el regreso progresivo de la prosperidad económica.

Pero la vacuna no es sólo entusiasmo. Un doctor que ha estado en la primera línea de atención sanitaria confiesa en twitter: “he llorado como un niño”. La fortaleza que ha implicado soportar los riesgos, el encierro y todas las privaciones, se desvanece al saber que estamos a salvo, y entonces se manifiesta el sentimiento de luto.

Es un fenómeno parecido al que ocurre con los presidiarios que terminan de cumplir condena: salen de vuelta a la calle después de haberlo esperado por mucho tiempo. Pero la liberación no viene solamente a aligerarlos. A esa libertad le acompaña también el duelo por lo vivido, por los que se nos fueron, por el dolor mundial, por el tiempo que hemos pasado en nuestras vidas privados de la vida que teníamos ya.

Incertidumbre

Es como un bautizo, la salida del reino de hades, las puertas para escapar del laberinto. Los vacunados sienten, a la vez, duelo y liberación. Dolor por lo vivido y por tanta pérdida, y al tiempo, el cierre de un ciclo que dará paso a una vida nueva.

Pero, ¿quién garantiza que la vida volverá tal como la conocíamos? La doctora Debra Goff, del Centro Médico Wexner de la Universidad Estatal de Ohio, afirma que para “poder volver a la ansiada normalidad, es necesario que entre el 70 y el 80% de la población esté vacunada. Pero en realidad es una gran incertidumbre”.

La interrupción ha trastornado vidas con puestos de trabajo perdidos y familiares que viven solos o quizá murieron sin despedirse correctamente.

Sin considerar que, con el crecimiento de las teorías de conspiración en Estados Unidos, el 70 u 80 por ciento de la población se vacune parece bastante ambicioso, ya que, por ejemplo, un número indeterminado de personas piensa que las vacunas inoculan un chip a través del cual puede ser controlada su vida.

El peligro proviene de anhelar la normalidad nuevamente, en lugar de seguir trabajando en cómo lidiar con lo que se avecina.

“Las personas que sufren tragedias eventualmente regresan a su nivel de felicidad anterior. La tendencia humana a creer que el cambio es temporal y que el futuro volverá a parecerse al pasado a menudo se denomina ‘sesgo de normalidad’ “, agrega Goff.

Las personas que no se adaptan al cambio creen que lo que recuerdan como “normal” volverá. Y retrasarán la modificación de sus rutinas o perspectivas diarias. Aquellos que se niegan a usar máscaras pueden ser culpables de un sesgo de normalidad, dice. Ya que perciben esta intrusión en sus vidas como una moda pasajera que no necesitan adoptar.

Adaptación

“Hoy ha sido un día inolvidable. ¡Tengo la vacuna! La pandemia aún no ha terminado. Necesitamos mantener la disciplina para preservar vidas, mientras muchas personas aún no han sido inmunizadas”, ese moderado mensaje escribió Pelé, el astro del fútbol, en las redes, en medio de la alegría por haberse vacunado.

Es lo que los psicólogos llaman “adaptación hedónica”, que se refiere a la capacidad de la mente para aceptar rápidamente algo en su entorno que semanas antes te habría parado en seco. Originalmente destinado a proteger a los humanos de los depredadores, está cableado para que no veamos constantemente todas las cosas relativamente nuevas como amenazas.

Sin embargo, los circuitos del cerebro prefieren sobrevivir. Mientras que parte de nuestra mente puede estar inclinada a resistir el cambio porque sentimos que los desastres son un evento pasajero, otra parte más fuerte de nuestro cerebro abraza lo nuevo rápidamente.

«Cuando suceden cosas buenas y malas, al principio sientes emociones intensas», afirma Sonja Lyubomirsky, distinguida profesora de psicología en la Universidad de California, Riverside. «Luego te adaptas y vuelves a la línea de base. Esto es mucho más poderoso con eventos positivos. La gente no se adapta tan completamente a los cambios negativos en sus vidas».

Fuente Yahoo.com